Los que tenemos pueblo

Los que tenemos pueblo

Artículo Diario de Ávila 30-XI-2019

Los que tenemos pueblo, estamos orgullosos de ellos…

Esta semana me ha dado por pensar en los primeros veranos de mi vida, aquellos en los que mis padres me animaban a ir con ellos, con mis tíos y mis abuelos, en Riofrío, a ver cómo los burros movían los mastodónticos -así los veía yo- trillos de madera. La maquinaria, que servía para separar la legumbre de la paja, se ponía en marcha para poder disponer de los mejores garbanzos o alubias del mundo.

Recuerdo cómo me quedaba, embobado, bordeando con mis dedos las piedras que sobresalían de la tabla, mientras los hombres (aquella expresión tan de mi abuela) bebían un poco de vino de la bota, durante los descansos.

Las risas que había cuando aquellos micos, que éramos nosotros -mis hermanos, mis primas y yo-, nos subíamos a la madera y prácticamente salíamos despedidos en la curva constante que trazaban los equinos…

¡Aquello era una fiesta para los pequeños, pero también para nuestros mayores!

La invitación a mirar y trastear, con los años, se convertía en mover pacas o recoger patatas. Con los años, uno ha agradecido aquellas palizas, a pesar de que ya por entonces te dabas cuenta de que las generaciones anteriores eran más robustas física y mentalmente que la nuestra.

Poner pie en pared

Somos muchos los que creemos que ya va siendo hora de poner pie en pared y dar a los pueblos el verdadero valor que tienen. Ha llegado el momento de apretar de verdad a quienes tienen capacidad de decisión, porque la vida, la verdadera vida, está en el medio rural.

No lo digo yo, lo dicen los miles de capitalinos que, llegado el fin de semana, huyen como alma que lleva el diablo hacia nuestros pueblos. Y lo hacen por más cosas que respirar aire fresco.

Los que tenemos pueblo sabemos que haber transitado por sus callejuelas, haber entrado a coger manzanas al huerto del vecino -que después iba tras de ti con la garrota- o romperte un brazo tras subirte a unos riscos, reporta las vivencias necesarias para tener una óptica diferente del vivir. Aunque a veces, igualmente, nos ahoguemos en un vaso de agua. 

El recuerdo que guardo de Riofrío es, sin duda, el que me da aire en los malos momentos. La imagen de mi madre en aquella escalera comiendo fruta, como diciendo esto no lo cambio yo por nada en el mundo, me llega a sobrecoger ahora que me falta… pero sé que haber podido mirar a las estrellas como si estuviera en Hollywood o haber disfrutado de la amistad desinteresada y sana, me ha hecho más íntegro y feliz. 

Crecer en un pueblo -aunque en mi caso fuera por fascículos y de manera intermitente- fue todo un máster vital que nunca agradeceré lo suficiente. A partir del cual reparas en que el tiempo es casi tan valioso para malgastarlo como lo es la gente a la que realmente quieres y vas perdiendo por el camino. El resto es ruido.

No hay duda: El aire está viciado porque no miramos lo suficiente a los pueblos. Deberíamos volver al espíritu rural, ese que mucho paleto capitalino ve con altanería y desprecio, pero que se ha demostrado como el elemento forjador de los hombres de espíritu. En el que impera la colaboración, el esfuerzo y la superación. Así es mi vida, mi vida, piedra, como tú. Ya me entienden.

Artículo publicado en Diario de Ávila, el 30 de noviembre de 2019, con motivo de los acontecimientos políticos sucedidos en los últimos tiempos, en los que parece que la clase política por fin se ha dado cuenta de la dimensión del problema del despoblamiento. En particular, del medio rural.

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